El primer llanto
Recuerdo claramente la primera vez que lloré por un partido de fútbol.
Nací en 1995 y en los primeros seis años y diez meses de mi vida crecí y me crié siendo hincha de Universitario de Deportes, como debía ser, por herencia de mi padre. Incluso aún poseo una foto de muy pequeño en la que visto un polo que afirmaba que "era crema (apodo de la U) desde la barriga de mamá."
A mediados del año 2002, el domingo siete de julio siendo específico, Universitario y, su eterno rival, Alianza Lima (ambos componen el Clásico del balompié peruano) definieron el campeón del Torneo Apertura de ese año en el Estadio Mansiche de Trujillo.
En el partido de ida, jugado en el Estadio Monumental, casa de los cremas, la U había ganado 1-0.
Una serie de disturbios ocurridos en la previa y después de la ida generaron que el duelo de vuelta se trasladara al norte.
En ese partido no hubo goles, lo que significaba que Universitario era el campeón, que alzaría el título del Apertura. Lo que ocurrió después marcó un antes y un después en mi vida como fiel seguidor del fútbol: lloré.
Lloré porque Alianza Lima había perdido. Lloré, incansablemente (creo que nadie se enteró), en la cocina de la casa. Pero, ¿por qué? Si "mi" equipo era el ganador, ¿por qué derramé lágrimas por el rival y perdedor? No lo sé, hasta hoy no sé porqué.
Desde ese día soy hincha del club blanquiazul. Rompí la norma, traicioné el vínculo padre-hijo más fuerte que conozco, le saqué la vuelta a la U, con su archirrival.
Y no me arrepiento.
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